La identidad de una persona o de un colectivo (como por ejemplo, la identidad nacional o la identidad regional) está atravesada por, al menos, dos elementos. Por un lado, los rasgos que se asumen como propios y las miradas que yo o mi grupo de pertenencia construimos sobre nosotros mismos y que, al mismo tiempo, nos permiten diferenciarnos de los otros. Por el otro, el significado que aquellos atributos que adquieren frente a los demás. Así, la identidad es, en gran medida, un elemento relacional, que se constituye en contraposición con un otro que se diferencia de mí.

Como seres sociales que somos, la identidad no solo es individual sino que también se construye colectivamente. Es por eso que se puede hablar de identidad individual pero también de identidad cultural o social, o bien, de identidad nacional. Cuando nos referimos a la identidad nacional, pareciera existir una serie de normas, hábitos, costumbres y tradiciones que nos diferencian de otros. Las teorías clásicas sobre identidad consideran que los individuos son pasivos frente a estas normas y pautas, es decir, que solamente las ponen en práctica y reproducen.

Los estudios constructivistas sobre la identidad y la cultura, en cambio, entienden el poder de agencia de los actores y de los pueblos, por lo que existe un proceso en constante transformación de esta identidad. Al entender a la identidad como un proceso de identificación o categorización, se pueden observar cómo se retroalimenta la configuración de sí mismo, continuamente abierta y en relación con el mundo que lo rodea. Por tanto, no hay una simple socialización de información sobre lo “otro” como preexistente y externo, sino que se da un  proceso creativo en donde ambos, mundo y “uno mismo” toman sentido en la continua y nunca acabada relación de identificación.

Las identidades de los países de nuestra región fueron naciendo con el proceso de conformación de los Estados Nacionales. Es decir, antes de esta época, no es posible reconocer una identidad paraguaya, uruguaya, argentina o brasileña, en tanto estos países no existían. A medida que fueron siendo creados, estos países fueron consolidando una identidad propia. Esta identidad se asentó en diversos mitos fundantes, que fueron diferenciando a los países de la región entre sí y, al mismo tiempo, delineando características consideradas especiales para cada una de las poblaciones. Es interesante notar, sin embargo, que muchos de estos mitos coinciden en todo o en parte en cada uno de estos países, a pesar de que de todos modos sirven como elementos que aglutinan una identidad. Así, por ejemplo, tanto los argentinos como los uruguayos se articulan alrededor de la idea de “descender de los barcos”, es decir, en ambos países consideran que, a diferencia del resto de los países de América Latina, sus poblaciones son de origen europeo, y no negra o india.

Ahora bien, la identidad argentina, paraguaya, uruguaya, o brasileña ¿siempre ha sido igual o bien, se ve nutrida constantemente por las relaciones con otros? Esto también permite preguntarnos si existiría un tipo de identidad regional o latinoamericana.

Nuestra región ha ido consolidando una identidad propia, que excede las identidades regionales. Al igual que con las identidades nacionales, las formas de identificación, o bien, de nombrarse a esta parte del continente han sido siempre una construcción histórica. No es algo dado y estático, sino un proceso con tensiones políticas y de poder, que buscan configuraciones de alteridad y otredad particulares. En todos los casos, se incluyen y se excluyen a unos y a otros, la pertenencia juega con cuestiones vinculadas con la geopolítica y lo intercultural.

Las formas de denominar a la región han variado a lo largo de los años, desde el momento en que se expande el proceso de colonización por parte de España, Portugal e Inglaterra. Detrás de cada manera de identificar a la región se ha visto vinculada con un objetivo particular, definiciones hemisféricas como “interamericano” han sido construidas desde fines de la II Guerra Mundial, cuando EEUU con el objetivo de ubicarse como potencia mundial intenta alinear a los Estados de la región contra el “temor rojo”. En contraposición con esta postura, se  puede encontrar a fines del Siglo XIX, la “latinidad”. De esta manera, con el concepto de América Latina se buscaba dar unidad a un grupo de Estados que se encontraban en el Centro, Sur y Caribe del continente, surgiendo como contraposición a la política expansiva de los EEUU sobre la región. Este concepto recupera una unidad lingüística entre estos países -derivados del latín- y una historia común dada por el tipo de colonizaciones acontecidas. Sin embargo, la lengua, así pensada olvida la diversidad de voces que siempre existieron y existen en América Latina, muchas de esas lenguas siguen vivas hasta ahora, como es el caso del guaraní, aymara, quechua, mapuche, wichi. En todos los casos, sus cosmovisiones y formas de entender al mundo marcan aún hoy la manera de expresarnos y de relacionarnos con la naturaleza y los demás.

“La cultura es el ejercicio profundo de la identidad “

Julio Cortazar

Pero, el origen de este concepto es por mucho controvertido, mientras que algunos autores consideran que ha sido bautizada por los franceses para justificar su política exterior expansionista, otros recuperan la reapropiación del término por parte de autores latinoamericanos como una resistencia hispanoamericana al imperialismo de los EEUU y una forma de describir las relaciones entre ese norte y este sur. Al mismo tiempo, esta definición dio origen a un proceso de identificación, donde un pasado común, costumbres y tradiciones acercaban más que alejaban a sus habitantes. En definitiva, permitió construir la identidad latinoamericana y poder mostrar la idea de “hermanos”.

América latina se encuentra atravesada por diferentes fronteras físicas que aparentar divisiones tajantes entre identidades nacionales, pero basta con que se piense en la vida en la frontera, para ver como la lengua se mezcla y se habla desde portuñol hasta su mezcla con el guaraní. Además, la construcción de costumbres relacionadas con lo gastronómico son claros ejemplos de que la identidad nacional y regional se encuentran en constante cambio y enriqueciéndose mutuamente, no se pierden las particularidades ni existe una adaptación pasiva a lo foráneo, sino que se nutre y demuestra lo profunda y variada que es nuestra América. En definitiva, la interculturalidad de nuestro pasado.

Actualmente, existe una nueva forma de denominar a esta parte del mundo, como Suramérica. Este concepto que está muy cerca de “sudamérica” (solo lo separa una letra) fue una búsqueda por parte de los gobiernos nacional y populares de principios de este Siglo XXI por desterrar una mirada peyorativa y negativa de la palabra sudaca, y por tanto de la forma de llamar a esta parte del continente y a sus habitante. Esto se contrapone con aquellas políticas que buscan desvalorizar lo propio en relación con lo foráneo, siendo este último siempre relacionado con lo moderno y transparente. Durante muchos años, e inclusive en la actualidad, existe una mirada eurocéntrica que piensa en la necesidad de incorporar acríticamente lo europeo para mejorar las características de lo nacional. Así, la idea de lo mestizo busca que en la mixtura entre lo indígena, aborigen, autóctono con lo europeo para “limpiar” el pasado espurio y construir un futuro memorable.

En las construcciones nacionales es encuentran dos ilusiones: una vinculada con el proyecto, que entiende la existencia de un pasado común y glorioso; y, otra con el destino, con base en lo anterior, sobre la base de ese pasado glorioso, el destino es de desarrollo y mejoras para todos sus habitantes. Ahora bien, la identidad suramericana configura una idea de pueblo que recupera lo plurinacional, multiétnico, multitucultural y el respeto a la diversidad, no se suprimen todas las diferencias, sino que se relativizan la diferencia entre “nosotros” y “los otros” que conforman el mismo continente. Entonces, este pueblo entiende la existencia de comunes denominadores que respetan la diversidad y la recuperan desde el respeto de lo plural. En tal sentido, la recuperación de un proyecto común, permite configurar y reconfigurar las identidades nacionales en la vinculación con la regional, pero no como externo sino como parte integrante de sí misma.

Así, Suramérica aparece como una nueva forma de poder y de recuperar lo propio, lo múltiple y la idea de unidad de la Patria Grande. Al tiempo que esta construcción geopolítica con traducción geográfica busca multiplicar los polos de poder mundial y constituir a Suramérica como uno de estos centros, poniendo en cuestión el orden internacional y dando una nueva voz, más potente, a estos países que están en la periferia.

La idea de identidad suramericana, busca interpelar a un “otro” interior ampliado, que se diferencia del externo, pero que también le permite ser interpelado a la vez que interpela. Interpela a las soberanías estatales y a sus construcciones nacionales y culturales, así como sus identidades, conexas entre sí donde las fronteras se plantean más como una posibilidad que como una separación. De esta manera, se distancia del pensamiento que entiende a las construcciones nacionales como configuradas espalda contra espalda, donde lo propio es estático y sin modificación, sino que se enriquece en la vinculación con otros. La identidad como proceso es una demostración de que somos muchos a la vez.

El Dato

En América Latina existen actualmente 522 pueblos indígenas. México, Bolivia, Guatemala, Perú y Colombia reúnen al 87% de indígenas de América Latina y el Caribe. Los más importantes, en términos de población sonlos Quechua, Nahua, Aymara, Maya yucateco y Ki’che, y en menor medida los Mapuche, Maya q’eqchí, Kaqchikel, Mam, Mixteco y Otomí.

¿Qué podés ver y leer?

Mistral, G. (1922) El Grito, en Revista de Revistas, México DF. Disponible en:http://www.gabrielamistral.uchile.cl/prosa/grito.html

Calle 13 “Latinoamérica” https://www.youtube.com/watch?v=891x-bpxJqo

Caballero Santos, S. (2014) La identidad en el Mercosur: regionalismo y nacionalismo, en Foro Internacional, vol LIV, octubre diciembre 2014, pp841-865, Colegio de México AC, México DF. Disponible en: https://www.redalyc.org/articulo.oa?id=59940022001

 

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